Octubre es un vampiro
De niño tuve una formación muy religiosa y la idea de caer al infierno me atormentaba. Antes de la modernidad y de la red de luz eléctrica estable, durante el verano dormíamos toda la familia en catres tendidos en el patio, debajo de un gran árbol de guamúchil, entre los tendederos de ropa y muy cerca de la hornilla en la que de día tostábamos café y mi amá hacía las tortillas y el desayuno.
Y por las noches, la oscuridad.
Había relatos de fantasmas que atravesaban de una casa a otra volando por encima de las paredes: la mujer de blanco que flotaba sin que alcanzaras a ver si tenía pies, el tropel de los caballos en la esquina de la cuadra porque la escuela primaria que está a dos calles antes fue un cementerio, el viejito sin cabeza que se le apareció a la vecina en el baldío de junto, las luces de fuego que se ven a lo lejos porque seguro ahí estaba enterrada una olla llena de monedas de oro, el remolino de viento que era el diablo se llevó a alguien y que ese alguien se libró del remolino cuando alcanzó a persignarse (y al caer de la altura, descubrió que tenía todo el cuerpo marcado por aruñones).
Bajo el cielo estrellado, entre las sombras de las hojas del árbol, me cubría el cuerpo entero con una ligera sábana blanca. Y a ratos, despacio, deslizaba la sábana poco debajo de los ojos para asegurarme de que ahí —todavía— no se había aparecido nada.
El barrio a los seis años era un fabuloso mundo lleno de interpretaciones mágicas. Debe haber sido a mediados o finales de los años 70. De esa etapa lo que me queda es la sana costumbre de voltear hacia atrás por encima del hombro al sentir un escalofrío. Ya no es miedo, es pura precaución.
Como consecuencia, tampoco miro cine de horror sobrenatural aunque sí puedo permitirme un gusto por el cine de terror y en particular por la figura del vampiro.
Es una especie de nostalgia de cementerios y tardes azules. Un pequeño abrazo a la oscuridad que empieza entre octubre y noviembre (cuando el cambio climático lo permite). Todavía, cuando los perros ladran solos, pienso que ellos ven algo que se acerca y yo no.
Y para aprovechar esta parte del año, acá una variada y corta lista personal (sin orden, pero la primera es imprescindible), además de una recomendación extra en video, cortesía de Mariana Urquijo. Una nota extra es que ninguna lista nacional o internacional mínimo al nivel de George Romero, estará completa sin la obra de Carlos Enrique Taboada (Hasta el viento tiene miedo, 1968; El libro de piedra, 1969; Más negro que la noche, 1975).
Sed de sangre (Park Chan-Wook, 2009).
Deja entrar al correcto (Tomas Alfredson, 2009).
El fantasma del paraíso (Brian De Palma, 1974).
El color que vino del cielo (Scarlett Amaris, 2019).
Los muchachos perdidos (Joel Schumacher, 1987).
El vacío (Jeremy Gillespie, 2016).
Solo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013).
Near dark (Kathryn Bigelow, 1987).
IG: Exaudiencias.





