De niño tuve una formación muy religiosa y la idea de caer al infierno me atormentaba. Antes de la modernidad y de la red de luz eléctrica estable, durante el verano dormíamos toda la familia en catres tendidos en el patio, debajo de un gran árbol de guamúchil, entre los tendederos de ropa y muy cerca de la hornilla en la que de día tostábamos café y mi amá hacía las tortillas y el desayuno.














